Sin celular en el aula: ¿solución o placebo?
Querétaro es, desde esta semana, el primer estado del país reconocido por la SEP por sacar los celulares de las aulas. El gobernador Mauricio Kuri lo celebró con una frase que cualquier padre queretano querría creer: “En la escuela ha bajado el bullying, ha subido la concentración, ha mejorado la comunicación; ahora sí tienen amigos corpóreos, y también han mejorado las calificaciones.”
Es una buena noticia. O al menos, es la promesa de una buena noticia.
Porque la evaluación internacional que mide si eso es verdad — encargada a la Universidad de Washington — todavía no tiene resultados definitivos. Los dos reportes parciales entregados hasta ahora reportan percepciones de mayor concentración e interacción entre estudiantes. Pero sin evidencia todavía de impacto real en calificaciones.
Querétaro prohibió el celular en la escuela. Si funcionó o no, aún no lo sabemos con certeza.
Lo que sí sabemos es lo que la medida no toca.
El niño que entrega su teléfono a las 8 de la mañana en la entrada de la primaria lo recupera a las 2 de la tarde. Y lo que pasa entre las 2 de la tarde y las 8 de la noche — cuando no hay tarea urgente, cuando los padres trabajan, cuando la calle no es segura y el parque de la colonia está roto — eso está fuera del alcance de cualquier reglamento escolar.
En las colonias periféricas que esta columna ha documentado en meses anteriores, el celular no es solo un distractor. Es la única ventana de entretenimiento disponible para miles de niños y adolescentes que no tienen biblioteca cerca, que no tienen actividades extraescolares accesibles, que no tienen un espacio público digno donde simplemente estar. Prohibir el celular en la escuela sin atender lo que hay — o lo que falta — fuera de ella es como poner una curita sobre una fractura.
La medida tampoco es simple en su implementación. <cite index=”271-1″>Cada comunidad escolar puede decidir si recoge los teléfonos en la entrada y los devuelve a la salida, o si los prohíbe completamente desde casa.</cite> Eso suena flexible y respetuoso de la autonomía escolar. También significa que hay escuelas donde la prohibición se aplica con rigor y escuelas donde es letra muerta, dependiendo de cuánta voluntad tenga la dirección, de si hay un lugar seguro para guardar doscientos teléfonos cada mañana, y de si los maestros tienen el tiempo y la energía para hacer cumplir una norma más en medio de todo lo demás que ya les piden.
Un maestro de secundaria en una escuela pública con cuarenta alumnos por grupo, que además lleva dos años sin aumento salarial real, que llega a su plantel en transporte público desde una colonia periférica, no tiene necesariamente la capacidad de ser también el policía de los celulares. Y cuando la norma no se aplica parejo, los únicos que la resienten son los alumnos cuyos padres sí la hacen cumplir.
Hay algo en el debate sobre los celulares en las escuelas que esta columna quiere nombrar con cuidado: la tentación de encontrar una causa simple para un problema complejo.
La semana pasada escribimos sobre los 60 mil universitarios queretanos con síntomas de depresión. Antes, sobre la ansiedad en la niñez. El gobernador dice que quitar el celular de la escuela ayuda a la salud mental de los estudiantes. Puede ser que ayude. Pero la salud mental de un niño que vive en una colonia sin servicios, con padres que trabajan doce horas al día, en una familia con presiones económicas reales, no se resuelve con una canasta en la entrada del salón donde deposita su teléfono cada mañana.
El celular no creó la ansiedad infantil. La amplificó, la aceleró, le dio un canal disponible las 24 horas. Pero la fuente es más profunda y más difícil de regular con un acuerdo del SIPINNA.
Dicho todo lo anterior: la medida puede funcionar. Hay evidencia internacional — Francia, varios estados de Australia, algunas provincias canadienses — que sugiere que reducir la presencia del celular en el aula mejora la atención y la interacción social entre pares. No es una idea descabellada. Es, de hecho, una idea razonable apoyada en investigación real, aunque los resultados varían según el contexto.
Lo que Querétaro de a Pie quiere dejar sobre la mesa no es que la medida esté mal. Es que la medida sola no alcanza.
Quitar el celular del aula sin construir parques, sin fortalecer actividades extraescolares accesibles, sin dar a los maestros las condiciones para aplicar la norma, sin atender la salud mental desde la raíz, es una política de imagen más que una política de fondo. Querétaro puede ser el primer estado del país en esto. Lo importante es que también sea el primero en preguntar honestamente si funcionó — y en qué condiciones, para quién, y qué más hace falta.
El reconocimiento de la SEP llega esta semana. Los resultados definitivos de la Universidad de Washington, todavía no.
Mientras tanto, a las 2 de la tarde, el teléfono vuelve a las manos de los niños. Y la pregunta de qué hacen con él — y por qué — sigue esperando una respuesta más larga que una prohibición.
Querétaro de a Pie es la columna de comunidad y sociedad de El Progresivo. Se publica cada semana. Si tienes una historia que contar, escríbenos.

