El trabajo que no aparece en el PIB

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En México, las mujeres dedican en promedio cuatro veces más horas que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Cuatro veces. Si ese trabajo se pagara al salario mínimo, representaría el 23% del PIB nacional. Es, en términos económicos, la actividad productiva más grande del país. Y es, en términos de reconocimiento social, prácticamente invisible.

Querétaro no es la excepción. Y esta semana, por primera vez, el municipio decidió hacer algo al respecto.


El pasado 15 de junio, el Municipio de Querétaro presentó la ruta de trabajo para crear el primer Sistema Municipal de Cuidados y Corresponsabilidad Social del estado. Cuarenta y siete organizaciones — casas hogar, estancias infantiles, colectivos de cuidadoras de adultos mayores, universidades, empresas, Cruz Roja — firmaron un Compromiso Ciudadano para codiseñar juntas un modelo que reconozca, redistribuya y fortalezca las tareas de cuidado en la ciudad.

No es un programa de becas ni un taller de fin de semana. Es, si se construye bien, un cambio de paradigma: pasar de ver el cuidado como un asunto privado y femenino a verlo como un derecho humano y una responsabilidad colectiva.

La pregunta que esta columna quiere hacer es simple: ¿de quiénes estamos hablando cuando hablamos de cuidados en Querétaro?


Estamos hablando de Rosario, que tiene 52 años y dejó su trabajo de auxiliar contable hace tres para cuidar a su madre con demencia. Nadie se lo pidió formalmente. No hubo reunión familiar, no hubo acuerdo. Simplemente era la hija que vivía más cerca, la que no tenía pareja en ese momento, la que “podía”. Hoy cuida a su madre de tiempo completo, sin sueldo, sin prestaciones, sin descanso real. Su hermano la llama los domingos.

Estamos hablando de Sofía, que tiene 34 años, dos hijos de tres y cinco años, y que no puede incorporarse al mercado laboral formal porque una estancia infantil cerca de su colonia en la periferia norte cuesta entre tres y cuatro mil pesos al mes por niño. Con dos hijos, eso es más de lo que ganaría en su primer empleo. La matemática no cierra y la que paga el costo es ella: con su tiempo, con su carrera, con su independencia económica.

Estamos hablando de don Ernesto, que tiene 71 años, vive solo desde que enviudó y que tres veces por semana necesita transporte para llegar a su cita de diálisis. Su hijo trabaja en turno matutino. Su hija vive en otro municipio. Cada semana es una logística improvisada que depende de la buena voluntad de vecinos y familiares que también tienen sus propias vidas.

Rosario, Sofía y don Ernesto no se conocen. Pero los tres forman parte de la misma economía invisible que el Sistema Municipal de Cuidados intenta, por primera vez, hacer visible.


Lo que hace interesante esta iniciativa — y lo que la distingue de un boletín más — es su punto de partida conceptual. La secretaria de Planeación y Participación Ciudadana, Beatriz Marmolejo, lo dijo con claridad en la presentación: “Buscamos pasar de acciones aisladas a un enfoque integral. Dejar de reaccionar ante las crisis y empezar a prevenirlas.”

Eso es exactamente lo que Querétaro no ha hecho hasta ahora en materia de cuidados. Ha reaccionado: con estancias aquí, con un programa de adultos mayores allá, con una casa hogar en determinada colonia. Pero sin un mapa completo de quién necesita cuidados, quién los presta, dónde están los huecos y quién paga el costo cuando el sistema falla.

El Sistema de Cuidados promete ese mapa. Un banco de datos georreferenciado que permita a autoridades, empresas y organizaciones tomar decisiones con información real. Si se construye con rigor y con participación genuina de las cuidadoras — no solo de las instituciones que hablan por ellas — puede ser una de las políticas públicas más importantes que haya producido un municipio queretano en años.


Hay una trampa en la que este tipo de iniciativas suelen caer y que vale la pena nombrar desde el principio: la trampa de reconocer sin redistribuir.

Reconocer que el trabajo de cuidados existe y tiene valor económico es necesario. Pero si al final del proceso el sistema se limita a certificar lo que las mujeres ya hacen gratis, sin cambiar quién lo hace ni cómo se paga, el reconocimiento se convierte en un adorno. La corresponsabilidad — la palabra que aparece en el nombre completo del sistema — implica que el cuidado deje de ser una carga que recae casi exclusivamente sobre las mujeres y empiece a ser asumida por las familias completas, por las empresas, por el Estado y por la comunidad.

Eso es un cambio cultural. Y los cambios culturales no se decretan en un boletín ni se firman en un Compromiso Ciudadano. Se construyen, lentamente, en las casas y en las políticas y en los acuerdos laborales y en las estancias infantiles que sí están cerca y sí son accesibles y sí tienen lugar para el hijo de Sofía.


Querétaro dio esta semana un primer paso real. No el último, no el más difícil. El primero. Y los primeros pasos merecen reconocerse — sobre todo cuando llegan después de décadas de ignorar que el problema existía.

Rosario sigue cuidando a su madre. Sofía sigue sin poder trabajar. Don Ernesto sigue improvisando su transporte cada semana. El sistema de cuidados que Querétaro acaba de empezar a construir todavía no llega a ninguno de ellos. Ojalá llegue antes de que ya no lo necesiten.


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