Cuando el agua entra a la casa
Más de 100 mil viviendas queretanas resultaron afectadas por las lluvias del año pasado. El gobierno federal destinó 166 millones de pesos para atender a los damnificados. El gobernador agradeció la ayuda de la presidenta. Los boletines hablaron de récords históricos de precipitación, de fenómenos naturales sin precedente, de una respuesta institucional sin igual.
Y luego llegó junio de 2026. Y volvió a llover. Y volvió a entrar el agua a las casas.
Esta semana, apenas arrancada la temporada de lluvias, la zona metropolitana de Querétaro ya registró encharcamientos severos, inundaciones en vialidades primarias, casas anegadas, árboles caídos y autos varados. En Peñuelas, familias enteras caminaron entre el agua mientras reportaban la caída de un paso peatonal en la zona de Mecánicos. Las precipitaciones colapsaron el sistema de drenaje, generando acumulaciones que complicaron el tránsito vehicular y peatonal en varias de las avenidas principales de la ciudad.
No es una sorpresa. Es un calendario.
Cada año, con una puntualidad que avergüenza a cualquier pronóstico oficial, llega la temporada de lluvias y con ella la misma secuencia: las colonias periféricas se inundan, los vecinos reportan lo mismo que reportaron el año anterior, las autoridades despliegan cuadrillas, los medios cubren las imágenes más dramáticas, y dos semanas después todo vuelve a la normalidad hasta la siguiente tormenta.
Lo que no vuelve a la normalidad es la casa de quien tuvo el agua adentro.
El colchón mojado que no se secó bien y empezó a oler. La ropa de los niños que quedó manchada de lodo. El piso de madera que se pudrió y que el seguro — si es que había seguro — tardó meses en cubrir. Las paredes con humedad que nadie va a pintar hasta el próximo año porque el dinero no alcanza. Esos daños no aparecen en los informes de Protección Civil. Tampoco en los 166 millones de pesos federales, que llegaron un mes después de la emergencia para las familias que lograron registrarse en el padrón correcto, en el municipio correcto, con los documentos correctos.
El municipio de Querétaro lleva meses trabajando en el dren Peñuelas, una inversión de 390 millones de pesos junto con el estado, la mayor obra hidráulica de los últimos 25 años, que promete reducir hasta un 70% los riesgos de inundación en la zona norte de la capital. Es una obra real, necesaria, tardía. Su conclusión estaba programada para el periodo entre junio y julio de 2026. Es decir, justo ahora. Justo cuando ya llovió.
El problema no es que la obra sea mala. El problema es que la ciudad creció durante décadas sin pensar en el agua, y ahora le está cobrando la factura a quienes menos pueden pagarla.
Las colonias que se inundan no son, en su mayoría, las colonias del centro ni las de los fraccionamientos residenciales con drenaje nuevo. Son las colonias periféricas, las que se construyeron rápido y barato para alojar a la gente que llegó a trabajar en el Querétaro del boom. Las mismas colonias que ya aparecieron en esta columna hace dos semanas, cuando hablamos de la ciudad que crece hacia afuera y se olvida de adentro.
El agua, como siempre, encuentra el camino más bajo. Y el camino más bajo en Querétaro lleva a las mismas colonias de siempre.
El municipio de Colón activó esta semana su protocolo de temporada de lluvias, con refugios temporales, cuadrillas de obras públicas y una red de comunicación con las 53 comunidades del municipio. Es lo que hay que hacer y hay que reconocerlo. Pero un protocolo de emergencia no es una solución. Es la administración organizada de un problema que no se resolvió cuando se pudo.
La solución se llama drenaje pluvial en las colonias que no lo tienen. Se llama ordenamiento urbano que no permita construir en zonas de inundación. Se llama no vender terrenos baratos en laderas y barrancas a familias que no tienen otra opción. Se llama — y esto es lo más difícil — decidir que el crecimiento de la ciudad no puede ir más rápido que la infraestructura que lo sostiene.
Don Aurelio lleva doce años viviendo en la misma colonia del oriente de la ciudad. Doce temporadas de lluvias. Doce veces que acomoda costales en la puerta. Doce veces que saca el agua con cubeta si la tormenta se pone seria. Doce veces que espera que esta sea la última.
“Ya me acostumbré”, dice. “Pero no debería”.
Tiene razón. No debería y más en esta época cuando el mundial será el mayor distractor.
Querétaro de a Pie es la columna de comunidad y sociedad de El Progresivo. Se publica cada semana. Si tienes una historia que contar, escríbenos.

