Los 80 mil que caminan mientras la ciudad duerme

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Más de 80 mil queretanos están en camino al Tepeyac esta semana. No en avión, no en autobús, no en coche. A pie. Y en algunos casos, en bicicleta desde la Sierra Gorda, pedaleando durante días por carreteras que no fueron diseñadas para ellos.

Es el evento de participación comunitaria más grande que ocurre en Querétaro cada año. Y casi nadie que vive en la capital lo nota.


Esta semana, miles de peregrinos de la Sierra de Querétaro cruzaron San Juan del Río en su camino al Tepeyac. Las mujeres pasaron el domingo, los hombres y los niños el lunes. Llevan días caminando desde Neblinas, en Landa de Matamoros — uno de los rincones más apartados de la Sierra Gorda — siguiendo una ruta que sus abuelos siguieron antes que ellos, y los abuelos de sus abuelos antes que esos.

Mañana sábado 25, si todo va como cada año, los primeros contingentes entrarán a la Basílica de Guadalupe a las cuatro de la mañana. Para entonces, habrán caminado durante 15 días. Quince días a pie, bajo el sol y la lluvia de julio, cargando lo que cabe en una mochila y lo que no cabe en ninguna mochila: una promesa, una intención, un duelo, una gratitud que no encontró otra forma de expresarse.


La peregrinación queretana al Tepeyac tiene 136 ediciones en la rama masculina y 64 en la femenina. No es una tradición que esté desapareciendo — este año se esperan más participantes que en 2025, con más de 80 mil personas entre caminantes y ciclistas. Es, según la propia Diócesis, una de las peregrinaciones más numerosas y mejor organizadas del país.

Y sin embargo, para buena parte de la ciudad de Querétaro — la ciudad del nearshoring y el hub tecnológico, la de los centros de datos y las rentas en dólares — esta movilización masiva de fe existe en un mundo paralelo que rara vez intersecta con el suyo.

No es indiferencia maliciosa. Es que son dos Querétaros que se conocen poco.


Hay algo que la peregrinación revela sobre Querétaro que ningún ranking de competitividad captura: la fuerza del tejido comunitario en los municipios que el boom no terminó de alcanzar.

En la Sierra Gorda — en Landa de Matamoros, en Jalpan, en Arroyo Seco, en Pinal de Amoles — la peregrinación no es solo un acto religioso. Es el momento del año en que la comunidad entera se reorganiza alrededor de algo. Los que van, van. Los que no pueden ir, apoyan: preparan comida, cuidan a los niños de los que salen, organizan posadas en el camino para que los caminantes puedan descansar. Es logística comunitaria de una complejidad impresionante, ejecutada sin aplicación, sin presupuesto gubernamental significativo, sin consultoría de ningún tipo.

Solo organización social que lleva más de un siglo perfeccionándose.


En la ciudad capital, la peregrinación se vive de otra manera. Desde el Santuario de la Congregación — el edificio esplendoroso de la colonia Constituyentes que amaneció iluminado esta semana en medio de la madrugada — salen columnas de queretanos urbanos que se incorporan a la caminata con sus propias historias a cuestas.

Algunos van por primera vez, empujados por una crisis que no encontró solución en ningún consultorio ni en ninguna terapia. Otros van por vigésima vez, porque ya no conciben julio sin el camino. Algunos van con el rosario que les dio su madre antes de morir. Otros van cargando algo que todavía no saben nombrar pero que pesa.

La peregrinación no pregunta por qué vas. Solo te pone en movimiento.


Hay una frase del vicario de la Diócesis, Martín Lara Becerril, que esta semana quedó como resumen de todo: la peregrinación queretana es “un referente a nivel nacional tanto por su participación como por su organización.”

Es verdad. Y también es un espejo incómodo para una ciudad que presume de organización institucional y de indicadores de desarrollo, pero que rara vez produce algo con la cohesión social espontánea que generan 80 mil personas caminando juntas durante 15 días sin que nadie las obligue.

Nadie les paga. Nadie los manda. Nadie les ofrece un bono de productividad ni un certificado del ICATEQ. Van porque quieren ir, porque su familia fue siempre, porque prometieron que irían, porque necesitan caminar para pensar, porque el movimiento es la única oración que les funciona.


Esta semana, mientras Querétaro debate los cierres del Bernardo Quintana y el avance del tren y el precio de las rentas y el agua de la presa El Batán, 80 mil queretanos estuvieron en una carretera en algún punto entre la Sierra Gorda y la Ciudad de México, poniendo un pie delante del otro. Mañana llegan.

No resuelven ninguno de los problemas que esta columna lleva doce semanas documentando. Pero hacen algo que esos problemas a veces hacen olvidar: demuestran que Querétaro también es un lugar donde la gente todavía hace cosas enormes junta, sin que nadie se las pida.

Eso no es menor. En este momento, en esta ciudad, tampoco está de más recordarlo.

Querétaro de a Pie es la columna de comunidad y sociedad de El Progresivo. Se publica cada semana. Si tienes una historia que contar, escríbenos.

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