60 mil universitarios deprimidos: la salud mental de los queretanos
Seis de cada diez estudiantes universitarios en México presentan indicadores asociados con síntomas de depresión. No es un rumor de pasillo ni una impresión de algún maestro preocupado. Es el resultado de una evaluación aplicada esta semana a más de dos mil alumnos en una universidad pública del país, como parte de una estrategia nacional para conocer el estado emocional de la población estudiantil.
Seis de cada diez. En un salón de treinta personas, dieciocho están cargando algo que probablemente nadie en la institución sabe cómo atender.
Querétaro tiene más de cien mil estudiantes universitarios entre sus instituciones públicas y privadas — la UAQ, el Tec, la UP, la UNAQ, decenas de planteles más. Si el dato nacional se replica aquí — y no hay razón estructural para que no lo haga — estamos hablando de más de sesenta mil jóvenes queretanos que hoy están cursando una carrera con síntomas de depresión que no han sido diagnosticados, tratados, ni siquiera reconocidos como tales.
No están en lista de espera en ningún servicio de salud mental. No tienen cita con ningún psicólogo. Están en clase. Están entregando tareas. Están pasando exámenes. Y están haciéndolo con una carga interna que la universidad, en la mayoría de los casos, ni detecta ni sabe cómo responder.
Un estudio realizado con estudiantes de la Universidad Autónoma de Querétaro encontró que el 49.4% siente estrés varias veces por semana, el 30.6% lo siente ocasionalmente, y el 11.8% lo experimenta todos los días.</cite> Los síntomas más comunes incluyen fatiga, ansiedad, insomnio, falta de concentración y tristeza. Los factores que los generan no son misteriosos ni sorprendentes: sobrecarga académica, presión evaluativa, problemas económicos, y la tensión de construir un futuro en una ciudad donde el costo de vida sube más rápido que las becas.
Porque eso también es parte de la historia. El estudiante universitario queretano de 2026 no solo enfrenta la presión académica de siempre. Enfrenta además la aritmética que ya documentamos en esta columna: rentas que consumen más de la mitad de un salario mínimo, transporte público que falla, una ciudad que crece sin pensar en quien no tiene coche ni tiempo. Estudiar en Querétaro hoy implica, para una parte importante de los estudiantes, trabajar al mismo tiempo. Y trabajar mientras se estudia, en una ciudad con ese costo de vida, no es un mérito que poner en el currículum — es una forma de estrés crónico que el cuerpo cobra tarde o temprano.
Hay instituciones que están respondiendo. La Universidad Anáhuac Querétaro inauguró este año espacios de Salud Integral con atención psicológica, talleres de manejo emocional y acompañamiento para estudiantes en riesgo. De acuerdo con el INEGI, el 22.5% de la población de 12 años y más en México presenta indicios de ansiedad, mientras que el 12.6% reporta síntomas depresivos — y la Anáhuac decidió que esos números no podían seguir siendo solo estadística.
Es un paso real y merece reconocerse. Pero la Anáhuac es una universidad privada con recursos para construir esos espacios. La pregunta más difícil es qué está pasando en las universidades públicas, donde la matrícula es más grande, los recursos son más limitados, y los estudiantes suelen cargar con más presiones económicas encima de las académicas.
La UAQ atiende a decenas de miles de estudiantes en múltiples campus. ¿Cuántos psicólogos tiene disponibles? ¿Cuántos estudiantes puede atender cada uno? ¿Hay lista de espera? ¿Cuánto tarda un alumno que reconoce que algo no está bien en recibir atención dentro de su propia institución?
Esas preguntas no tienen respuesta pública disponible. Y su ausencia dice algo.
Volvamos al salón de treinta personas.
Hay uno que lleva tres semanas sin dormir bien porque trabaja de noche para pagar la renta que comparte con otros cuatro. Hay una que dejó de comer en condiciones desde que subió el precio del comedor universitario. Hay otro que reprobó dos materias el semestre pasado y no se lo dijo a su familia porque viajó desde otro estado y no quiere que sientan que el sacrificio fue en vano. Hay una más que sonríe en clase y llora en el camión de regreso a casa.
Ninguno de ellos está en crisis clínica evidente. Ninguno va a levantar la mano para decir que necesita ayuda. Pero los seis de cada diez están ahí, distribuidos entre las butacas, cargando algo que nadie en la institución tiene el sistema para ver.
La primera entrega de esta columna habló de la salud mental en la niñez queretana. Doce semanas después, el tema regresa — porque no se fue a ningún lado. La ansiedad que no se atendió a los diez años no desaparece a los veinte. Se adapta, se disfraza, encuentra nuevas formas de cobrar.
Querétaro tiene universidades reconocidas, rankings de innovación, ecosistemas de emprendimiento y un discurso robusto sobre el capital humano del futuro. El capital humano del futuro está sentado en esos salones, seis de cada diez con algo que nadie terminó de resolver.
Eso también es Querétaro de a pie. Y también merece una respuesta a la altura.
Querétaro de a Pie es la columna de comunidad y sociedad de El Progresivo. Se publica cada semana. Si tienes una historia que contar, escríbenos.

