Vivir en Querétaro: el precio del éxito ajeno

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De cada cuatro viviendas construidas en Querétaro para personas que ganan menos de dos salarios mínimos, solo una puede ser comprada por alguien que efectivamente gana eso. Las otras tres quedan fuera del alcance de quien más las necesita. Dicho de otro modo: el estado que presume de construir vivienda social produce, en la práctica, vivienda que sus propios trabajadores no pueden pagar.

El dato viene del propio INFONAVIT. Y es el mejor resumen posible de la paradoja queretana de 2026.


Karla tiene 28 años, trabaja en administración en una empresa del Corredor Industrial y gana catorce mil pesos al mes — por encima del salario mínimo, por debajo de lo que alcanza para vivir sola en la ciudad donde trabaja. Comparte departamento con dos amigas en una colonia del poniente. Cada una paga cinco mil pesos de renta. “Si me quedara sola tendría que pagar mínimo doce, y eso sin contar luz, agua, internet y comida”, dice. “Básicamente trabajo para pagar donde dormir.”

No es una queja exagerada. Es una ecuación.


El mercado de renta en la zona metropolitana de Querétaro — que incluye el municipio capital, El Marqués y Corregidora — tiene un costo promedio de entre 15 mil y 20 mil pesos mensuales. El salario mínimo mensual en el estado es de 9 mil 582 pesos. Eso significa que una persona que gana el mínimo tendría que destinar el 157% de su ingreso para cubrir una renta promedio. No hace falta una calculadora para ver que los números no cierran.

Y los números no han dejado de empeorar. Las rentas en zonas premium como Juriquilla y Zibatá han subido entre 12 y 20% en el último año, impulsadas por la llegada de ejecutivos e ingenieros de empresas como Samsung, HELLA y Flex, que llegan con paquetes de reubicación y pueden pagar más. El mercado se ajusta hacia arriba. Los trabajadores locales se ajustan hacia las periferias.


El fenómeno tiene nombre técnico — gentrificación por nearshoring — pero en la vida cotidiana se vive como algo más simple y más doloroso: la ciudad se vuelve cara para los mismos que la hacen funcionar.

El 89% de los jóvenes queretanos entre 20 y 30 años declara preocupación ante la posibilidad de comprar una vivienda. El 61% no cree poder adquirir una antes de los 35 años. Y un geógrafo queretano que ha estudiado el mercado durante años lo dijo con una frase que no tiene vuelta de hoja: los jóvenes que tendrán acceso a una vivienda propia serán, siendo honestos, los que ya heredaron.

Lo que queda para los demás es la aritmética de los roomies, los fraccionamientos lejanos y las rentas que consumen la mitad del sueldo antes de que llegue el fin de mes.


Querétaro es, según los rankings, una de las ciudades con mejor calidad de vida en México. Y puede serlo — para quien llegó con un salario de reubicación, para quien trabaja en remoto con ingresos en dólares, para quien heredó una propiedad cuando los precios todavía eran otros.

Para Karla, para el operador de línea que sale a las cinco de la mañana, para la maestra de primaria que lleva diez años en la misma escuela y todavía no puede dejar la casa de sus padres, la calidad de vida es una promesa que la ciudad hace en los folletos pero no termina de cumplir en los hechos.

El éxito de Querétaro es real. El problema es que no todos viven en él. Muchos, simplemente, lo sostienen.

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