La ciudad que crece hacia afuera y se olvida de adentro
Son las seis y cuarto de la mañana en El Granjeno, una colonia en la periferia de San Juan del Río que colinda con otro municipio como si la ciudad hubiera llegado hasta ahí por accidente y no supiera bien qué hacer con ese rincón. Doña Celia lleva veinte minutos esperando el camión en una esquina sin banqueta, sin alumbrado, sin paradero. Lleva una bolsa con el lunch para sus dos hijos, que se quedarán solos en casa mientras ella trabaja en un parque industrial a cuarenta minutos de distancia, Querétaro todavía no termina de llegar a donde ella vive.
El crecimiento de Querétaro es, según cualquier indicador económico, un caso de éxito. Pero hay una pregunta que esos indicadores no responden: ¿para quién se construye la ciudad?
Un geógrafo que ha documentado la expansión urbana queretana lo explica con una frase que debería estar en el escritorio de cualquier funcionario de planeación: los fraccionamientos periféricos pueden terminar por ser un tipo de prisión para quien no tiene un alto poder adquisitivo, porque acceder a una vivienda más barata implica renunciar a servicios, movilidad y comunidad. No es una metáfora exagerada. Es la descripción literal de lo que viven miles de familias queretanas cada mañana.
El mecanismo es sencillo y casi automático: construir en las periferias es más barato, lo que abre paso a fraccionamientos donde las propiedades tienen precios más accesibles pero los servicios son limitados. Las familias que no pueden pagar una colonia céntrica compran donde pueden. Y donde pueden, el camión no llega temprano, la escuela queda lejos, el médico más cercano está a media hora, y el parque —si existe— lleva meses roto.
Lo que pasa afuera del mapa bonito de Querétaro tiene nombre y apellido. Colonias como El Granjeno y Puerta de Alegrías, en la periferia de San Juan del Río, carecen de mobiliario urbano, espacios recreativos e infraestructura básica, y son catalogadas como zonas de alta vulnerabilidad. Son comunidades que históricamente no han figurado en ningún programa de obra pública salvo cuando algún organismo llega con un proyecto puntual —un parque nuevo aquí, una jornada de servicios allá— que no resuelve el problema estructural de fondo.
Y el problema de fondo es este: Querétaro planea su crecimiento económico con décadas de anticipación, pero planea su crecimiento social al día.
El municipio capital presentó este año su Programa de Obra Anual 2026 con 50 acciones distribuidas en sus siete delegaciones. La mayor concentración de recursos se destina a proyectos de conectividad y saneamiento en zonas con rezago histórico. Es un avance real, no menor. Pero quienes conocen la dinámica de la periferia queretana saben que 50 obras en un municipio que crece a 120 personas por día es como tapar el sol con un dedo.
El rezago no es descuido de un gobierno en particular. Es la consecuencia acumulada de décadas de un modelo que primero construye la casa y después —si alcanza el presupuesto, si hay voluntad política, si los vecinos organizados logran hacerse escuchar— piensa en los servicios que la rodean.
Doña Celia no conoce los términos técnicos de la planeación urbana. No sabe lo que significa “rezago en infraestructura” ni ha leído ningún plan de desarrollo municipal. Pero sabe perfectamente lo que es vivir en una colonia donde el crecimiento de la ciudad pasó por enfrente sin detenerse.
“Aquí llegamos porque era lo que podíamos pagar”, dice. “Pero a veces siento que nos vinimos a vivir fuera de todo.”
Fuera de todo. Esa es la frase que ningún ranking de competitividad captura. Y es, también, la frase que esta columna existe para escuchar.
Querétaro de a Pie es la columna de comunidad y sociedad de El Progresivo. Se publica cada semana. Si tienes una historia que contar, escríbenos.

