La ansiedad que no aparece en los rankings

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Querétaro es, según casi cualquier indicador, un estado que va bien. Ocupa los primeros lugares nacionales en seguridad, inversión extranjera y calidad de vida. El New York Times lo eligió como uno de los 52 destinos del mundo que hay que visitar en 2026. Las cifras del PIB suben, los parques industriales se llenan, los fraccionamientos nuevos crecen hacia el oriente y el norte como si la ciudad tuviera prisa por alcanzar el horizonte.

Pero hay un número que no aparece en esos rankings: uno de cada diez adolescentes mexicanos de entre 12 y 17 años vive con malestar psicológico clínicamente significativo. Ansiedad. Depresión. Insomnio. Dificultad para concentrarse. Sensación de vacío. Y en las niñas, la cifra casi se duplica: mientras que en los varones ronda el siete por ciento, en ellas llega al trece.

Querétaro no es la excepción. Es, si acaso, un laboratorio donde ese problema se vuelve más visible porque el contraste duele más: la ciudad que presume de moderna tiene colonias enteras donde los juegos infantiles están rotos, donde no hay psicólogos escolares, donde los padres trabajan turnos de diez horas en los parques industriales que hacen grande al estado y llegan a casa sin tiempo ni herramientas para detectar que su hijo de once años lleva semanas sin dormir bien.


“El crecimiento urbano acelerado sin planeación social suficiente no nos permite darle el ancho a mucha necesidad que se tiene en el estado”, dijo hace unos días Paulina Aguado, especialista que ha recorrido parques y colonias populares de la capital queretana. Lo que encontró no fue sólo juegos rotos. Fue la imagen de una infancia que crece en espacios que el estado no terminó de pensar.

La salud mental de los niños y adolescentes no empieza en un consultorio. Empieza en el parque de la colonia, en el salón de clases, en la mesa donde cena la familia. Y cuando esos espacios fallan —cuando el parque está roto, cuando el maestro tiene cuarenta alumnos y ninguna formación en salud emocional, cuando la cena se come en silencio porque todos están agotados— el costo no lo paga el ranking. Lo paga el niño.


México cuenta con apenas 1,200 especialistas en psiquiatría infantil para más de 126 millones de habitantes. La Organización Mundial de la Salud recomienda al menos un psiquiatra por cada diez mil personas. Estamos, en términos redondos, a años luz de esa cifra. Y el presupuesto nacional destinado a salud mental no llega al dos por ciento del gasto total en salud.

En ese contexto, las familias queretanas hacen lo que pueden: normalizan. “Es que es muy nervioso desde chiquito.” “Así son los niños de hoy, con tanto celular.” “Ya se le pasará.” No porque sean negligentes, sino porque nadie les enseñó a ver de otra manera, y porque el sistema que debería ayudarlos a ver diferente tampoco está ahí.


Esta columna no tiene respuestas fáciles. Querétaro de a Pie nació para contar lo que pasa en las calles, las colonias y las familias de este estado que va tan bien en los papeles. Para hacer las preguntas que los indicadores no hacen. Para escuchar a la gente que no sale en las conferencias de prensa.

Y la primera pregunta es esta: ¿qué le estamos haciendo a la infancia queretana cuando construimos una ciudad para los adultos que trabajan en ella y olvidamos a los niños que la van a heredar?

No es una pregunta retórica. Es la pregunta de cualquier padre o madre que ha visto a su hijo volver de la escuela con los hombros caídos sin saber bien por qué. La pregunta de cualquier maestro que detecta algo raro en un alumno y no sabe a quién llamar. La pregunta de cualquier vecino que ve el parque roto de su colonia y ya ni siquiera lo reporta porque sabe que no van a venir.

Querétaro va bien. Y aun así, hay que preguntarse para quién.


Querétaro de a Pie es la columna de comunidad y sociedad de El Progresivo. Se publica cada semana. Si tienes una historia que contar, escríbenos.

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