Modo Startup copia

Cada día, en algún mercado, en alguna colonia, en algún corredor comercial de México, alguien baja la cortina por última vez. No hay titular de periódico. No hay conferencia de prensa. Solo una familia que recoge lo que puede, paga lo que debe y cierra la puerta de un sueño que alguna vez abrió con todo.

No es un caso aislado. Es una hemorragia.

Esta semana, BBVA reveló que desde diciembre de 2022 han desaparecido más de 45 mil microempresas y casi 4 mil pequeñas en México. Son negocios de a pie: la taquería de la esquina, la papelería frente a la escuela, el taller mecánico del barrio, la boutique que abrió con los ahorros de años. El empleo formal en marzo creció al ritmo más lento desde 2010. Y mientras los patrones formales caen, la informalidad sube: ya cubre al 54.8% de la fuerza laboral del país.

No es que los mexicanos hayan perdido las ganas de emprender. Es que el sistema hace todo lo posible por cansarlos.

Contratar a un trabajador hoy cuesta hasta un 80% más que el salario acordado, entre cuotas al IMSS, Infonavit y una reforma de pensiones que sigue incrementando su mordida. La jornada de 40 horas —medida justa para el trabajador, nadie lo niega— llegó sin ningún mecanismo de acompañamiento para la microempresa que opera con dos empleados y márgenes de centavos. Las obligaciones fiscales y de cumplimiento digital se multiplican, pero solo el 35% de las microempresas tiene conexión a internet. La digitalización, en teoría democratizadora, se convierte en otro privilegio de quienes ya tienen más.

La presidenta de CONCANACO lo dijo sin rodeos hace apenas dos días: “No podemos aceptar que abrir la cortina todos los días sea un acto de resistencia permanente.”

Y tiene razón. Pero la resistencia, hay que decirlo, también es un valor. El problema es que en México se le exige demasiado a quienes menos tienen con qué cargarla.

Las microempresas representan el 95% de las unidades económicas del país. Son el tejido conectivo de la economía real: las que dan empleo a la vecina, las que le fían al cliente de años, las que sostienen la calle cuando el PIB solo lo hace en papel. Cuando cierran, no se va solo un negocio. Se va un ingreso familiar, un oficio, una red de proveedores pequeños que dependían de ese cliente.


Lector, si tienes un negocio propio —grande o chico— este momento exige más que aguantar. Exige organizarse, documentar lo que cuesta operar, alzar la voz ante cámaras empresariales, exigir a representantes locales políticas que acompañen la formalidad en lugar de castigarla. Y si eres consumidor, recuerda que cada vez que eliges al comercio local estás votando con tu cartera por la economía que quieres tener.

La hemorragia no se detiene sola. Se detiene cuando dejamos de ignorarla.


¿Tienes un negocio propio? ¿Qué es lo que más te ha costado mantenerlo formal? Coméntanos.

MODO STARTUP es una columna semanal sobre emprendimiento, negocios y tecnología. Escrita por varios columnistas bajo una misma línea editorial.

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