Trescientos años cargando el alma de Querétaro

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SINCONCESIONES

El acueducto no es solo piedra. Es el argumento más sólido de nuestra identidad

Hay estructuras que sobreviven porque nadie las derriba. Y hay otras que sobreviven porque una ciudad entera decide, generación tras generación, que no puede existir sin ellas. El acueducto de Querétaro pertenece al segundo tipo. Sus 74 arcos de cantera rosa llevan tres siglos de pie no por inercia, sino porque representan algo que va mucho más allá del ingenio hidráulico de la Nueva España: representan la voluntad de una comunidad por subsistir, por crecer y por reconocerse en lo que construye.

Una ciudad que no sabe de dónde viene el agua tampoco sabe muy bien quién es.

Terminado alrededor de 1726, el acueducto resolvió un problema existencial para Querétaro: llevar agua desde el cerro del Batán hasta el centro de una ciudad que ya entonces crecía más rápido que su abasto. Fue una obra colosal para su época, financiada —según la tradición— en buena parte por Juan Antonio de Urrutia y Arana, el marqués del Villar del Águila. Pero más allá de la historia oficial, fue también el primer gran acto de infraestructura pública que Querétaro recuerda como suyo.

Tres siglos después, el acueducto sigue siendo el símbolo más reconocible del estado: aparece en postales, logotipos, murales y en el horizonte de cualquier visitante que llega al centro histórico. Pero su valor no es decorativo. Es un recordatorio de que esta ciudad tiene capacidad para resolver sus problemas cuando se lo propone, y de que lo que se hace con seriedad y visión puede durar centurias.

En tiempos de crecimiento acelerado y memoria corta, tres siglos de un mismo arco en pie son una lección que Querétaro haría bien en no ignorar.

Sin Concesiones es una columna de opinión semanal de El Progresivo. Las opiniones expresadas son responsabilidad del medio.

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