El árbol de la Alameda no cayó por las lluvias

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El domingo 16 de agosto, cerca de las cinco de la tarde, un árbol de gran tamaño en el interior de la Alameda Hidalgo se desplomó sobre la avenida Corregidora. Rompió la reja perimetral, aplastó seis vehículos, derribó luminarias y atravesó el techo del taxi de aplicación donde un hombre trabajaba para ganarse la tarde.

Ese hombre murió atrapado bajo el árbol. Dos pasajeras —una madre y su hija de doce años— sobrevivieron y fueron hospitalizadas.

Nadie tardó en llegar. Protección Civil, Bomberos, Policía Municipal, Policía Estatal, Cruz Roja, el CRUM —todos ahí en menos de tres minutos. La respuesta de emergencia fue impecable.

El problema no fue la respuesta. El problema fue lo que pasó antes.


Al momento del accidente, la Secretaría de Medio Ambiente municipal reconoció que todavía no se habían determinado las dimensiones, la especie ni las condiciones fitosanitarias del árbol caído. Es decir: el árbol que mató a una persona estaba en uno de los espacios públicos más concurridos y vigilados del Centro Histórico de Querétaro, y nadie sabía en qué estado se encontraba.

La Fiscalía General del Estado abrió una carpeta de investigación para determinar las causas de la caída y si existe alguna responsabilidad. Es lo que corresponde. Pero la pregunta que esa carpeta debería responder no es solo por qué cayó ese árbol. Es por qué en Querétaro no existe un sistema serio y sistemático de evaluación del estado fitosanitario de su arbolado urbano.


La Alameda Hidalgo no es un parque olvidado en la periferia. Es el pulmón verde más emblemático del Centro Histórico, el mismo Centro que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad y que el New York Times eligió como destino mundial en 2026. Es un espacio con vigilancia, con mantenimiento visible, con presencia institucional permanente.

Y aun así, un árbol enfermo —o debilitado por las lluvias, o simplemente viejo sin diagnóstico— cayó un domingo de agosto sobre una de las avenidas más transitadas de la capital.

Testigos y videos en redes sociales mostraron que el árbol se precipitó sobre la avenida aparentemente por el reblandecimiento de la tierra, derivado de las lluvias de los últimos días. Eso puede ser. Las lluvias han castigado a Querétaro durante semanas — esta columna lo ha documentado. Pero el reblandecimiento de la tierra no convierte un árbol sano en uno que cae. Acelera el colapso de un árbol que ya tenía un problema.


Querétaro tiene un Programa de Manejo de Arbolado Urbano. Tiene convenios con la Asociación Mexicana de Arboristas. Tiene una Secretaría de Medio Ambiente municipal. Todo eso existe, y en algunos casos funciona: hay podas, hay retiro de árboles en riesgo, hay denuncias ciudadanas atendidas.

Lo que no existe —o no existe con la sistematicidad que una ciudad de este tamaño requiere— es un inventario actualizado del estado de salud de cada árbol en el espacio público. No en la periferia. En el Centro Histórico. En la Alameda. En las avenidas por donde circulan ciento cincuenta mil vehículos al día.

Un árbol urbano puede verse perfectamente verde por fuera y tener el tronco podrido por dentro. Eso no lo detecta el ojo de un transeúnte ni el de un policía de barrio. Lo detecta un arborista con equipo especializado, haciendo revisiones periódicas con criterios técnicos claros. Ese trabajo existe en muchas ciudades del mundo. En Querétaro, existe de manera reactiva: se actúa cuando el árbol ya dio señales visibles de riesgo, o cuando ya cayó.


Hace exactamente dos meses, en junio, un ficus de cuarenta años se derrumbó en el Centro Histórico. En esa ocasión no hubo víctimas porque los comensales de un restaurante cercano habían cambiado de mesa momentos antes. Esta columna lo documentó entonces y preguntó lo mismo que hoy: ¿quién cuida los árboles de Querétaro?

Dos meses después, la respuesta sigue siendo incómoda.

No porque la ciudad no haga nada. Sino porque lo que hace no alcanza. No hay inventario completo. No hay revisiones periódicas con criterio técnico para todo el arbolado de riesgo. No hay un presupuesto asignado específicamente a la evaluación preventiva —no a la poda, no al retiro, sino a la evaluación— del arbolado en zonas de alto tránsito peatonal y vehicular.

El árbol que mató al conductor el domingo no cayó de repente. Llegó a ese momento después de años en los que nadie con las herramientas correctas miró hacia adentro de su tronco y preguntó cómo estaba.


Hay una ironía amarga en esta historia que vale la pena nombrar.

Querétaro lleva años construyendo su imagen como ciudad verde, sustentable, comprometida con el medio ambiente. El discurso oficial habla de reforestación, de zonas protegidas, de áreas verdes como indicador de calidad de vida. Y ese discurso tiene partes reales: hay reforestación, hay parques, hay programas ciudadanos de cuidado ambiental que funcionan.

Pero una ciudad que presume de sus árboles tiene que hacerse responsable también de ellos. No solo plantarlos y celebrarlos en los boletines. Revisarlos, evaluarlos, mantenerlos, y cuando ya no tienen remedio, retirarlos antes de que la física resuelva el problema a su manera.

El conductor de Uber que murió el domingo tenía nombre. Tenía pasajeras a bordo. Tenía una tarde de trabajo por delante.

Ningún árbol debería poder quitarle eso a nadie. Sobre todo en el corazón de una ciudad Patrimonio de la Humanidad.

Querétaro de a Pie es la columna de comunidad y sociedad de El Progresivo. Se publica cada semana. Si tienes una historia que contar, escríbenos.

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