El Día de Muertos que se vende y el que se vive

A Pie

Esta semana, Canacope Querétaro anunció que las celebraciones de Día de Muertos podrían generar una derrama económica de hasta 850 millones de pesos en el estado. Hoteles llenos, restaurantes desbordados, el Centro Histórico decorado, el mercadito de calaveras y alfeñiques en la Alameda Hidalgo con entrada gratuita.

A 40 kilómetros, en Santiago Mexquititlán, las familias otomíes llevan días preparando algo completamente distinto. No para turistas. No para la cámara. Para sus muertos.


Lo que pasa en el panteón

En Amealco y en Santiago Mexquititlán, el Día de Muertos no empieza el 1 de noviembre ni tiene un programa oficial. Empieza el 30 de octubre, cuando las familias limpian y pintan las tumbas, colocan papel picado, veladoras y cempasúchil — la flor que, según la tradición, guía a las almas de regreso. Empieza con tamales, quelites y calabaza. Con rezos en otomí y náhuatl, en los idiomas que el sistema educativo lleva décadas intentando reemplazar y que estas familias siguen cargando como herencia.

En las comunidades de Tolimán, la celebración tiene una forma que no se improvisa: una charola de madera con frijol o maíz, doce jarritos de barro con chocolate o café que representan a los doce apóstoles, y un jarro mayor que representa a la comunidad entera. Con esa ofrenda se pide salud, trabajo y valor para los vivos. Perdón y protección para los muertos. Los altares tienen entre tres y siete escalones, cada uno con su significado: el cielo, la tierra, el inframundo, los cuatro puntos cardinales por donde viajan las almas.

En la Peña de Bernal, los otomí-chichimecas peregrinan a uno de los monolitos más grandes del mundo a rezar por sus antepasados. No hay boletos. No hay horario. No hay vocero de turismo.


Lo que pasa en el Centro Histórico

El festival de Día de Muertos en la capital es genuinamente hermoso. Los adornos en la calle Madero, los altares en el Jardín Guerrero, las ofrendas en los barrios históricos. La ciudad se viste de cempasúchil y es difícil no conmoverse.

También es un producto turístico. Diseñado, promovido y medido en millones de pesos de derrama. 58 mil turistas-noche. 55% de ocupación hotelera. Un crecimiento proyectado del 10% anual. Los beneficiarios principales, según la propia Secretaría de Turismo, son los hoteles y los servicios relacionados.

No hay nada malo en eso. Una ciudad que atrae visitantes, genera empleo y proyecta su cultura al mundo está haciendo algo bien.

La pregunta es otra: ¿cuánto de esos 850 millones llega a Amealco? ¿Cuánto llega a Santiago Mexquititlán, cuyas comunidades otomíes guardan la tradición que hace que Querétaro tenga algo genuino que mostrar?


La tradición que sostiene el negocio

Querétaro vende su Día de Muertos como una experiencia auténtica porque lo es. La autenticidad viene de las comunidades indígenas que llevan siglos practicando estos ritos — no de los festivales municipales, por bien hechos que estén.

Pero la ruta turística del Día de Muertos en Querétaro pasa principalmente por el Centro Histórico de la capital y, en el mejor de los casos, por Amealco como Pueblo Mágico. Santiago Mexquititlán, que tiene una de las celebraciones más ricas y menos intervenidas del estado, apenas aparece en los materiales de promoción oficial.

Es el mismo patrón que vimos en esta columna cuando hablamos del caso de Esteban Mondragón: una comunidad que el estado necesita — para la narrativa, para el turismo, para la identidad queretana — pero a la que no siempre se le devuelve lo que aporta.


Lo que merece reconocerse

Esto no es solo una historia de extracción cultural. También es una historia de resistencia.

Que en 2026, en una ciudad que creció 238 mil habitantes en cinco años, haya familias en Santiago Mexquititlán que siguen rezando en otomí junto a las tumbas de sus muertos es notable. Que la tradición no se haya roto — que los hijos la conozcan, que los panteones se llenen, que los altares mantengan su forma y su significado — es algo que no ocurre por inercia. Ocurre porque hay comunidades que decidieron, activamente, no soltarla.

El turismo puede ser un aliado de esa resistencia o puede ser su contrario. Depende de quién se quede con el beneficio y de quién decida cómo se cuenta la historia.


Querétaro de a pie, esta semana

El puente de Día de Muertos arranca el miércoles 29. Los hoteles de la capital esperan una ocupación del 55%. Los restaurantes del Centro van a estar llenos.

Y en Santiago Mexquititlán, pasado mañana, alguien va a encender una veladora frente a una tumba, va a rezar en otomí, y va a poner quelites y tamales en una ofrenda que no tiene etiqueta de precio.

Los dos Querétaros existen. Los dos merecen verse.


Querétaro de a Pie es la columna de comunidad y sociedad de El Progresivo. Se publica cada semana. Si tienes una historia que contar, escríbenos.

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