El gran reto para el 2027: recibir el tren con una ciudad preparada para su impacto.

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Ciento cincuenta mil vehículos al día. Eso es lo que circula por el bulevar Bernardo Quintana en condiciones normales. Y “condiciones normales” en el BBQ significa, para cualquier queretano que lo use a diario, embotellamientos desde Los Arcos hasta Corregidora Norte, semáforos que no coordinan, carriles que se estrechan sin aviso, y la certeza silenciosa de que salir diez minutos antes no alcanza nunca. Bernardo Quintana es una vialidad rota e insuficiente desde hace años.

Esta semana, el gobierno federal cerró carriles para construir el tren. Y el Bernardo Quintana — que ya era un problema — se convirtió en el problema de todos.


Lo primero que hay que decir es lo que el gobierno dijo: home office para trabajadores del estado, horarios escalonados en dependencias públicas, gestiones con escuelas y empresas para que sus empleados trabajen desde casa, 166 auxiliares viales desplegados, información en tiempo real por Waze, Google Maps y una cuenta de redes sociales dedicada exclusivamente a la obra.

Es una respuesta institucional seria. Y aplica para una parte de Querétaro.

La otra parte salió esta mañana a trabajar como cualquier lunes.


No hay home office para quien abre su puesto en el mercado Escobedo a las siete de la mañana. No hay horario escalonado para el turno de las seis en los parques industriales. No hay “sede alterna” para la señora que limpia oficinas en el Centro Histórico.

Para ellos, las siete semanas de obra en Bernardo Quintana significan una sola cosa: más tiempo en la calle. Más tiempo parados en un camión que ya iba lleno. Más tiempo que no se recupera, que no se paga, que no aparece en ningún operativo vial.


Querétaro tiene uno de los peores índices de movilidad urbana del país para una ciudad de su tamaño. El tiempo promedio de traslado en la zona metropolitana supera los 45 minutos por trayecto — y eso antes de esta semana. En colonias periféricas del nororiente y el surponiente, hay familias que destinan más de tres horas diarias solo a moverse hacia su trabajo y regresar. Tres horas que no son con su hijo, no son de descanso, no son de nada productivo. Son tres horas de autobús.

Cuando el alcalde Felifer Macías dijo la semana pasada que “serán semanas difíciles”, tenía razón. Pero “difícil” no pesa igual para todos. Para el funcionario con auto propio que puede salir a las 10 de la mañana en lugar de las 8, la dificultad es ajustar el calendario. Para el trabajador de manufactura con turno fijo, la dificultad es llegar tarde y que le descuenten.


Hay algo más que no aparece en los comunicados: el Bernardo Quintana colapsaba antes de la obra. No es una vialidad que funcionaba bien y que ahora está en riesgo — es una vialidad que llevaba años al límite de su capacidad y que la ciudad seguía llenando de autos porque no había alternativa real de transporte público que la desahogara.

Esa es la ironía más dolorosa de estas siete semanas: la obra que está causando el caos es, exactamente, la obra que a largo plazo debería resolverlo. El Tren México-Querétaro, si llega a operar como se promete, no va a sacar del Bernardo Quintana a miles de personas que hoy no tienen otra opción que su coche o un camión atascado. El problema es que el largo plazo no le da de comer a nadie hoy.


Esta mañana, a las 7:15, la fila en el Bernardo Quintana llegaba desde Los Arcos hasta pasando Tecnológico. Los auxiliares viales hacían lo que podían. El Qrobús avanzaba despacio. Y miles de queretanos — los que tienen home office y los que no, los que pudieron salir temprano y los que no pudieron — estaban ahí, parados, mirando el avance de una obra que les va a cambiar la ciudad y que por ahora les está cambiando el humor.

Siete semanas. Para unos, una incomodidad manejable. Para otros, 49 días de llegar tarde, de perder tiempo que no tienen, de pagar con su tiempo, su salud física y mental el precio de una transformación que promete un traslado mejor ala Ciudad de México, pero que poco se sabe los impactos sociales de nuestra ciudad. El gran reto para el gobierno que llegará en 2027 es recibir el tren con una ciudad preparada para su impacto.

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